Costumbres y creencias de los pueblos
indígenas de Veracruz





Fotografía
Fernando Rosales

 

Actualmente, a lo largo y ancho del territorio veracruzano, la presencia de los pueblos indígenas se hace evidente por medio de múltiples expresiones que, sin embargo, la mayoría de las veces sólo pueden ser percibidas en los limitados espacios geográficos en que se establecen estos grupos que resisten la extinción y se niegan a ser despojados de su ancestral cultura. Nuestro país es un mosaico étnico en el que existen 68 agrupaciones lingüísticas o grupos indígenas, todos diferentes, y en este mosaico cultural encontramos insertas las agrupaciones lingüísticas o pueblos indígenas que se localizan en el territorio veracruzano. En el estado de Veracruz los hogares en los que al menos uno de sus integrantes habla lengua indígena son 224 mil 398, lo que representa el 13.7% del total de hogares del estado, y en este porcentaje se comprenden cuando menos 12 pueblos indígenas cuya presencia da forma a una rica diversidad cultural de la cual se nutren cotidianamente sus actividades sociales, políticas y económicas.
Estos pueblos los encontramos asentados principalmente en tres grandes regiones geográfico-culturales; la primera de ellas, la región norte, se presenta como la de mayor densidad de población hablante de una lengua indígena y comprende La Huasteca Veracruzana y el Totonacapan; en ella localizamos nahuas, huastecos, otomíes, tepehuas y totonacas. La segunda región, en el centro, se identifica generalmente con la Sierra de Zongolica, donde la población indígena predominante es la nahua. La tercera región, en el sur, se enmarca en una gran complejidad cultural debido a la presencia de grupos étnicos que originalmente ocupaban territorios en los estados colindantes y que, debido a diversos procesos y circunstancias, como la erupción del volcán del Chichonal, la construcción de grandes obras hidroeléctricas y la migración propiciada por la actividad petrolera, se asientan ahora en territorio veracruzano; a la ancestral presencia de nahuas y popolucas, se suma más recientemente la de zapotecos, zoques, mazatecos, chinantecos, mixtecos y mixes. Todos estos grupos conservan en mayor o menor medida los usos y costumbres de sus antepasados.

Fotografía
Fernando Rosales /1998

Matrimonio. Una de las formas más comunes para establecer la relación matrimonial entre los diversos grupos consiste en la presencia de un pedidor o embajador, intermediario entre los padres del novio y de la novia. Hay comunidades en las que el novio es obligado a permanecer cierto tiempo en la casa de sus futuros suegros, ayudándoles en las labores del campo; si no cumple satisfactoriamente con las actividades encomendadas, no le es concedida la mano de la joven. En el caso contrario, sobre todo en la región norte (huastecos, nahuas, otomíes), la novia deberá mostrar ciertas habilidades domésticas inherentes a su futura condición de esposa: saber moler el nixtamal en el metate, hacer las tortillas, hilar y tejer. La descendencia es de carácter patrilineal y el nuevo matrimonio ocupa un espacio dentro de la casa del padre del novio, inicialmente, para después recibir una porción específica de terreno en la cual establecerán de manera definitiva su residencia.
Indumentaria. Aunque una buena parte de los hombres sigue utilizando su indumentaria tradicional, de manera particular los totonacas y los huastecos de edad adulta (pantalón blanco ancho que se anuda en los tobillos y que se entrecruza alrededor de la cintura, camisa blanca de manta, sombrero, huaraches y morral, que en las regiones frías se complementa con una manga o cotón de lana), son varios los pueblos en los que esta indumentaria ha venido siendo sustituida por pantalones y camisas de manufactura industrial, como entre los popolucas y nahuas de la sierra de Soteapan y de la Sierra de Zongolica.
En el caso de la mujer indígena se observa un mayor uso y conservación del indumento tradicional, consistente fundamentalmente en una falda larga y amplia de lana de color negro (para las zonas frías) o blanca y de manta para las otras regiones; faja o ceñidor elaborado en telar de cintura; blusa blanca con bordados que tienden a representar simbólicamente su visión del mundo, integrando diseños, dibujos y colores inspirados en su entorno natural; entre los huastecos y totonacas es común el uso del quechquémitl triangular, blanco o bordado de colores. Entre las mujeres zapotecas, mixes o chinantecas, son usados hermosos huipiles, largos o cortos, ricamente bordados con hilos de colores, cuyos diseños varían según el lugar de origen.
 Vida económica. Cada familia produce sus propios alimentos, y un mínimo excedente es destinado a un fondo ceremonial (aves de corral y/o cerdos que reservan para los festines rituales como cumpleaños, fiestas patronales, o sacramentos) o a un fondo de reemplazo o de intercambio (especialmente los granos y semillas que permiten la nueva siembra o su comercialización en momentos difíciles). La dieta básica de los indígenas se constituye a partir de los productos cultivados (maíz, frijol, chile y café) y en algunas ocasiones se ve complementada por la pesca, la caza o la recolección.
Aunque el cultivo milpero de temporal (complejo agrícola que incluye normalmente la producción simultánea o alternada de maíz, frijol, chile, calabaza y alguna que otra variedad de productos locales) ha sido tradicionalmente su principal actividad económica, la expansión de la producción pecuaria bovina ha venido provocando el sometimiento social y económico de los habitantes de los pueblos indígenas a través de la mediería y la renta de la tierra. En algunas regiones, la introducción de algunos monocultivos como el café para la región de Zongolica, la pimienta para la región serrana del Totonacapan, la caña de azúcar para la región de Hueyapan de Ocampo y Soteapan, sirvieron durante mucho tiempo como fuentes alternas de producción económica que, sin embargo, han tenido que ser paulatinamente abandonadas debido a la crisis internacional en los precios de dichos productos. Como consecuencia de estas deplorables condiciones, un significativo número de indígenas ha encontrado en la emigración una estrategia de adaptación económica que resuelve, relativa y parcialmente, la satisfacción mínima de sus necesidades, pero que tiende a desarticular política, económica, social y culturalmente a un significativo número de pueblos y comunidades campesinas dispersas por todo el territorio veracruzano.
Vida religiosa. La religiosidad de los pueblos indígenas encuentra en una cosmovisión ancestral sustentada en el sol, la luna, el agua, la tierra, el viento, el rayo, los cerros y el maíz, la coherencia básica para la consolidación de su ciclo de vida, la concepción de las enfermedades y su curación, el ciclo anual de sus actividades productivas y el calendario festivo. A ella se agregarían cánones y normas impuestos por el catolicismo que se han logrado sincretizar con el paso del tiempo, y que conforman en la actualidad la esencia de la vida espiritual y religiosa de la mayor parte de los pueblos indígenas.
El culto a los muertos ocupa un lugar muy importante en su vida religiosa. De manera muy particular destacan las ceremonias y prácticas rituales con que los pueblos nahuas de la región de Chicontepec y los totonacas de los municipios de Coxquihui, Coyutla o Zozocolco celebran el retorno o visita de sus difuntos durante los últimos días del mes de octubre y los primeros días del mes de noviembre. Para los tepehuas y los huastecos, la fiesta de Todos Santos llega a prolongarse en ocasiones hasta finales del mes de noviembre, y en ella hacen su aparición los llamados huehues o viejos, una ancestral danza que recrea simbólicamente la fortaleza y vitalidad del morir. Entre los popolucas y nahuas de la región de Soteapan, Mecayapan y Pajapan, la celebración de los Fieles Difuntos se ve directamente asociada a la acción de gracias por la cosecha del temporal y a la presencia de los antepasados o abuelos (totajhuani-yilhuime), y junto a los lamentos y rezos rituales, hacen su presencia el baile y las libaciones de licor o cerveza para acompañar los abundantes alimentos que para esa ocasión han sido preparados con gran esmero y devoción.
Las fiestas patronales son uno de los productos más acabados y consistentes del sincretismo cultural que los pueblos recrean desde el siglo XVI, cuando les fueron impuestos un templo católico y un santo tutelar gracias a la puesta en práctica de la llamada política de congregación o reducción de los pueblos impulsada por la Corona española y sus representantes en el nuevo territorio colonizado. Por eso cada pueblo tiene un calendario festivo que en muchas ocasiones llega a coincidir con las labores agrícolas más importantes: en el mes de enero, de manera casi general, hay pocas fiestas y en algunos pueblos y comunidades se aprovecha para realizar el cambio de mayordomos o autoridades religiosas (fiscales, diputados, sacristanes y otros más); para el mes de febrero o marzo la mayoría celebra el carnaval asociado con la segunda limpia del maíz de invierno, iniciándose además los preparativos para las fiestas de Cuaresma y Semana Santa, las cuales se vinculan con las cosechas de maíz y frijol y que dan margen para la celebración de la pasión y muerte de Jesucristo con gran desahogo y derroche. Estas fiestas patronales se pone en marcha una compleja organización ceremonial conocida generalmente como mayordomías o sistemas de cargos, una estructura de poder paralela a la desempeñada por las autoridades civiles, y que es una importante fuente de prestigio social.

Fotografía
Fernando Rosales /1998

Visión del mundo. La visión del mundo y la cosmología de las sociedades indígenas se expresa cotidianamente en sus mitos y en sus ritos. A la par de la existencia de un mundo natural, para todos los pueblos indígenas existe un mundo de lo sobrenatural que explica y da sentido a aquél.
El Sol y la Luna son padres eternos (tata y nana, respectivamente) y según un mito otomí éstos surgieron de la metamorfosis que experimentaron dos individuos que al introducirse a un horno tomaron los rasgos del sol y de la luna, respectivamente.
Los cerros son la morada de los dioses ancestrales y las cuevas son los umbrales que separan al hombre del mundo de lo sagrado. Por ello, para los nahuas de la región de Chicontepec, el cerro de Postectitla sigue siendo la máxima representación de la montaña sagrada a la cual hay que ofrendar ritualmente y reforzar así los vínculos con el mundo sobrenatural.
Los chaneques o tlaloques son seres asociados a la actividad agrícola en tanto antiguos servidores de Tláloc, el dios de la lluvia, y en varios pueblos encuentran su representación iconográfica en la imagen cristiana del Santo Niño de Atocha, tal y como sucede en La Huasteca meridional entre los otomíes y nahuas o entre los nahuas y popolucas de la sierra de Soteapan.  Habitan en los bosques, en los cerros, cerca de las fuentes de agua; se aparecen a los hombres para asustarlos y son los guardianes de los animales de los montes, es por ello que entre los popolucas de San Pedro Soteapan se llevan a cabo rituales relacionados con la caza, en los cuales se les pide permiso a los chaneques pues los animales están a su servicio: las serpientes son sus hamacas, los armadillos y las tortugas sus sillas y los venados o mazates sus reses.
Por otro lado, encontramos la presencia del tona o animal compañero de cada uno de los individuos con el cual compartirán su destino, y del nagual o individuo que puede lograr su transmutación en un animal que deambulará por las noches en busca de la sangre de los recién nacidos o para causar destrozos en los sembradíos. En este contexto, encontramos también a las tzitzime o mujeres que tienen una pierna de tea ardiente, que según cuentan los nahuas de Tequila, en la sierra de Zongolica, fueron quienes hicieron los sótanos del Popocatl para evitar la inundación de su pueblo.
Medicina tradicional. Rituales, ceremonias, oraciones, son elementos integrantes de los modelos terapéuticos destinados a remediar la enfermedad, la cual denota, para los indígenas, rupturas del equilibrio en el interior del grupo social. Existe la creencia en una pluralidad de fuerzas espirituales que se contienen en el hombre, las cuales se expresan tanto en un orden terrenal como en un orden divino, encontrándose así una distinción bastante precisa entre enfermedades propiciadas por agentes sobrenaturales y enfermedades puramente naturales.
Por ejemplo, dentro del cuadro de enfermedades del sistema médico de los nahuas, la caída del alma refleja claramente los aspectos emocionales, simbólicos y sociales del código cultural establecido; dicha enfermedad se deba al debilitamiento de una entidad anímica que los nahuas de Zongolica denominan como tonalli y que se encuentran dentro de la cabeza de los individuos, teniendo la función de otorgar calor al organismo, al mismo tiempo que es responsable del crecimiento y de los estados de sueño. En el tonalli se encuentra la conciencia y la razón, y entre las causas de su pérdida se encuentran la transgresión de reglas y tabúes, los sentimientos de envidia, las faltas ceremoniales en las mayordomías o un desarrollo equívoco de los rituales agrícolas o de nacimiento.
Entre los otomíes de la huasteca meridional las curaciones de las enfermedades sobrenaturales se realizan a partir de la manipulación de las llamadas figuras de papel amate, las cuales representan simbólicamente el poder de diversos espíritus, plantas y animales; el papel amate de color oscuro se utiliza para las ceremonias de hechizo y el blanco para las ceremonias 13de curación o para la realización de promesas a los dioses.
Los distintos especialistas que conocen los rituales y tratamientos para curar la enfermedad, reciben en cada grupo nombres diferentes: tapahtique entre los nahuas de Zongolica, huehuetlahto entre los nahuas de Chicontepec, badi entre los otomíes, o curandero entre los popolucas; estos especialistas obtienen su poder a través de la elección divina y se encuentran en un vaivén continuo entre la norma y su transgresión, lo público y lo oculto, lo luminoso y lo oscuro; saben remediar lo malo, pero también saben convertirlo en su instrumento. La acción maléfica de chamanes, curanderos y hechiceros, que al enterrar, a la orilla de los senderos o manantiales, tierra de panteón junto con prendas de la persona a la cual se le dirigirá el mal y hierbas de misotla, logrará que la enfermedad del alma sobrevenga, junto un sufrimiento intenso: la persona se sentirá débil, presentará vómitos, mareos y una profunda tristeza.

Nota extraída de Ensayos sobre la cultura de Veracruz, publicación coordinada por José Velasco Toro y Félix Báez-Jorge.  Texto: Etnología, de David López Cardeña. Universidad Veracruzana, 2009.

 

 

Ciclo Literario.